El zapato izquierdo me venía pequeño, pero el derecho grande. ¡Joder!, exclamé en voz alta lanzando los zapatos al otro extremo de la habitación.Vacilé unos minutos. Al fin, introduje en el izquierdo un poco de papel de periódico empapado en alcohol, con el fin de estirar el tejido. Al derecho, le metí un calcetín arrugado en el fondo. En ese momento, entró mi mujer en la habitación. Me miró con disimulo. ¿Ya has vuelto a comprar los pares sueltos en el mercadillo de Santa Fé?, le pregunté con desaire. El silencio respondió por los dos.
Mi mujer se pasaba la vida tratando de casar matrimonios imposibles.

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Categorías:Uncategorized
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