Humo

Él sabe que no le quitará el sueño, ni el miedo, ni la angustia, ni las ganas de llorar. Pero, en el fondo, no le importa, porque también sabe que durante unos minutos, quizá algunas horas, esa angustia, al menos, se disipirá y se transformará en una nube de humo, algo inerte.

Cada noche, cerca de las doce, cuando su madre apaga el televisor y la casa se queda en silencio, dormida pero intranquila, él se mete en su cuarto, cierra la puerta, enciende su televisor, porque le gusta sentir que no está tan solo, extrae de su último cajón (ni él mismo sabe cuál es la razón por la que esconde ese cogollo en el último cajón) una cajita de plata. La abre con cautela y comienza su ritual, tan rutinario, tan escurridizo.

Entonces, saborea cada calada, aunque él sabe que no es humo lo que expulsa, sino rabia, miedo. Él sabe que sus pulmones adquieren la forma de una olla de escape y que ese canuto es el único lenguaje con el que es capaz de traducir su alma.

Termina el primer canuto y fabrica otro, y otro, y otro. A la noche le falta tiempo y antes de despertar el sol, casi sin fuerzas, se duerme, incapaz de distinguir la frontera entre el sueño y la vigilia, inhalando sus propias palabras convertidas en un humo asfixiante.

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Categorías:Uncategorized
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