Lo extraño no fue que viniese, sino que se quedara. Llevaba un abrigo rojo, por debajo de la rodilla. Estaba muy guapa. Se había perfilado los labios con un carmín nuevo. El resto de invitados la miró disimuladamente cuando entró en el salón. Se acercó hacia mí y me clavó aquellos ojos cristalinos y amordazados entregándome una carpeta. Los reproches, los recuerdos y las mentiras vagaban en silencio por nuestro alrededor. Me pidió que firmara. “Por ellos, Andrés”, dijo con fuerza. Me entregó cortésmente un bolígrafo. Garabateé lentamente mi nombre, sintiendo que estaba hipotecando a mis hijos, mi pasado, parte de mi vida, comprendiendo que comenzaba una nueva. Le entregué la carpeta y le pedí que se marchara inmediatamente. Se fue hacia la camarera y se puso una copa.
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Categorías:Uncategorized
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