Me desperecé en la cama y como todos los días la abracé, pero al hacerlo supe que no era mi mujer.

Me levanté aterrado de un brinco. Busqué mis pantalones. Me vestí y salí corriendo de la habitación, tratando de escapar de la resaca. Miré el reloj. Eran más de las ocho. Busqué el móvil. 15 llamadas perdidas de mi mujer se amontonaban en la pantalla. Sentí mucho calor. En el ascensor terminé de abotonarme la camisa, mientras soportaba la mirada escrutadora de una vecina. Ya en el trabajo, mi jefe me llamó a su despacho. Comenzó a divagar acerca de la última cuenta de resultados para acabar hablándome de su mujer. Me puse nervioso. -Anoche, ¿os quedastéis hasta muy tarde?, preguntó con temor. De súbito, mi móvil comenzó a vibrar. – ¿Me disculpa? Es mi mujer.
– Hola cielo, ¿dónde estabas anoche? Te llamé un montón de veces, me preguntó desde algún rincón de Estambul.
– Estuve trabajando hasta tarde, le dije, mientras se dibujaba al otro lado de la cortina veneciana la figura de mi jefe hablando por su inalámbrico.

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