El escritor se dio cuenta una mañana de mayo de que estaba embarazado.

Sacó el cuaderno de notas del interior de su americana y se acomodó en el respaldo del banco, bajo la sombra de un abedul en un rincón de aquel parque urbano. Enfrente, un niño de cinco años se balanceaba con la suavidad de un péndulo, impulsándose con el brío de sus cortas piernas. Aquel niño comenzó a llamarse David, a tener el pelo más rizado, la nariz algo torcida y los ojos claros y brillantes, como el rocío de la mañana. David encontró a una familia nueva, se acomodó a vivir con ella, conoció unos amigos demasiado perfectos, se enamoró de la música, comenzó a componer sus propias melodías y una tarde abril se escapó de casa sin dar explicaciones para encontrarse con su propia música.

De repente, una mujer se acercó hasta el columpio y tomó en brazos al niño. El escritor cerró el cuadernillo y esperó otros nueve meses.

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