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Querido Nacho

Querido Nacho,

Cuanto me complace creer que exististe. Cuanto me agrada suponer que no fuiste un sueño que duró 2 años, 7 días y algunas horas. Cuanto me alivia recordar aquellos tiempos, aquellos viajes en coche entre urbanizaciones y atascos, encerrados en conversaciones de conocidos, de expertos, de hombres, de amigos, porque todas tenían su espacio en los 40 minutos que duraba aquel trayecto, acompañados por la tertulia de nuestras emisoras, de la tuya y de la mía, de la izquierda y la derecha, del progreso y de la memoria, nuestras dos emisoras que se mezclaban en aquel coche prestado como si encontraran en nosotros un punto de encuentro, algo en común.

Cuanto me reconforta poder expresar que no fue mentira que nos conocimos y que fue cierto que me casé antes que tú, que eras bastante más mayor que yo, pero que te casaste después. Ojalá, querido Nacho, hubiera puesto letra a cada uno de los más de 300 viajes que compartimos en aquel coche de empresa, hablando de lo nuestro, de lo ajeno, del país, de cómo aventurábamos un final fatídico entre tanto ladrillo y tanto canalla.

Ojalá amigo hubiera eternizado aquellos pensamientos sobre la vida, la nuestra, la de los demás, pero en la que veíamos lo que nos unía y lo que nos separaba de ellos, lo que nos abría a la esperanza y lo que nos alejaba de lo artificial.

Recuerdo el día en que me enseñaste tu carnet de afiliado al Partido Popular. Me contaste que te afiliaste poco después del atentado de Madrid, lugar en el que vivías por aquel entonces junto a tu despacho de abogados. Me lo mostraste tímidamente mientras el sonido de la Cadena Ser se evaporaba por encima de nuestras cabezas. Ese día me tocaba elegir a mí. Pocos meses después, pasado el Congreso del PP, en el que Rajoy se proclamaba de nuevo candidato, me enseñaste en el mismo coche la carta que habías envíado a la sede comunicando tu baja voluntaria.

Cuanto me alegra saber que compartí con alguien los avances de mi casa, la decoración del salón, las dudas y los miedos, el hecho de ser padre, el irrefrenable hecho de hacerse un poco más adulto, la incertidumbre de los cambios, la felicidad efímera de una nueva vida.

Querido Nacho, cuánto me alegra comprobar que tu voz sigue sonando al otro lado del teléfono.

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