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Uno, dos y tres

Cuando te conocí eras un montón de unos. Un beso en cada despedida, un pantalón para los fines de semana, un coche para hacer el amor los sábados por la noche en el descampado que había detrás de una fábrica de muebles, un teléfono móvil para escribir un mensaje cada vez que llegabas a casa, un reloj que te quitabas en verano, una casa, la de mis padres, donde nos veíamos en clandestinidad los días de fiesta.

Al poco, pasaste a ser un conjunto de dos. Dos coches, el tuyo y el de la nueva empresa a la que te acababas de incorporar. Dos móviles, el tuyo y el de la empresa que te quería tener fichado. Dos casas, la nuestra y la de tus padres, a la que solíamos ir cada domingo. Dos pantalones por día, el del trabajo y el de después del trabajo. Dos besos, el de buenas noches y el de buenos días. Dos relojes, el que te despertaba con un humor irritante y el que te ahogaba con un ritmo frenétio. Y también dos cuentas bancarias, la tuya y la que no me decías que era tuya y dos polvos por semana para recordarnos a qué olía nuestro cuerpo.

Hace algún tiempo que te marchaste y trato de no echarte de menos. Aunqe hubiera preferido no saber que desde unos meses antes ya éramos tres.

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Categorías:Uncategorized
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