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El accidente

El semáforo se puso en rojo. Tuve que apretar el freno más rápido de lo esperado. La cajera del supermercado me había dado menos cambio. Estaba seguro. Intenté componer el escenario. Su mano trasladando a la mía el grupo de monedas. Una operación matemática rápida y asunto zanjado. Estaba pensando en que me habían engañado cuando tuve que frenar bruscamente en un cruce de la calle Europa. Me separaron pocos milímetros del coche delantero pero los suficientes como para provocar una situación inoportuna.

Una chica más joven que yo salió del coche delantero con ademanes poco ortodoxos. Se acercó rápido hasta mi ventana y me pidió salir con un gesto retorcido. Me llamó loco, me sugirió que dejara de conducir y se atrevió a augurar que me quitarían el carnet en breve. Salí del coche por pura cortesía pues tenía perdida la batalla y sabía el protocolo que continuaba al cruce de acusaciones.

Entré de nuevo en el coche y saqué de la guantera la documentación del vehículo. Busqué un bolígrafo entre un montón de papeles. La chica había acudido a su coche para coger su carnet.

Al alcanzarme noté que observaba algo dentro de mi vehículo con insistencia.

– ¿Es tu hijo?, preguntó alarmada. ¿Está bien?

Ni siquiera me había dado cuenta de que Pablo estaba detrás, en silencio, apretando con fuerza un trozo de pan, contemplando la escena con detenimiento. Le lancé una sonrisa y me tranquilicé al comprobar que no le había pasado nada.

– Sí, no te preocupes. Yo tengo parte de accidentes, le comenté. A mi coche no le ha pasado nada, continué, tras comprobar que al suyo sólo se le había arrugado un poco el lateral derecho.

– Qué guapo, añadió mirando fijamente a Pablo. Se parece mucho a ti, sugirió echándome una mirada distinta a las anteriores, más provocadora.

– Sí, eso dice todo el mundo, apostillé para salir del paso, pues hacía un calor sofocante.

– Yo también tengo un hijo, algo mayor. ¿Qué edad tiene?.

– Acaba de cumplir 11 meses.

– Anda, pues parece más grande, contestó como si quisiera complacerme.

De repente, Pablo se puso a llorar. Tenía los mofletes sonrojados y un leve sudor se dejó ver por su frente. Abrí la puerta y lo saqué de la silla. Busqué su biberón de agua en el bolso que reunía todos sus utensilios. La chica me clavó la mirada en la espalda, guardando silencio. Sentí un ligero escalofrío. Entonces, se atrevió a ofrecerme ayuda.

– Espera, ¿déjame al bebé, si quieres?, y se abalanzó a cogerlo antes de obtener una respuesta.

Se lo entregué sin oponerme y seguí buscando el biberón. Ni siquiera tuve tiempo de analizar que estaba entregando mi hijo a una desconocida, la misma que minutos antes me había llamado loco, pero no tenía más opción. Al fin, encontré el recipiente debajo de los pañales.

Me giré y me quedé estupefacto al comprobar como mi hijo estaba riéndose a carcajadas con ella, entusiasmado, removiendo su cuerpo cada vez que sus manos subían por la barriga hasta alcanzar la barbilla, para después convertirse en un cariñoso gesto que culminaba en la punta de la nariz.

La miré con agradecimiento y alargué los brazos para coger a mi hijo. Entonces, Pablo comenzó a llorar. Ella lo miró compasiva.

En ese instante me di cuenta de que era realmente preciosa, con unos ojos verdes, grandes y cristalinos, instalados en una cara redonda, escondida bajo el maquillaje, apuntalada por unos labios intensos, dóciles.

Pablo aumentó el volumen de sus gritos.

– Si quieres, puedo acompañarte a casa mientras se tranquiliza, irrumpió bajand el tono de su voz.

Aquello no estaba previsto. Me quedé absorto. Miré a Pablo como si no hubiera escuchado aquellas palabras y al comprobar que era imposible calmarlo accedí encogiéndome de hombros.

– Si no te importa, concluí.

Ella regresó a su coche y lo aparcó en un recodo que hacía la carretera.

De espaldas era aún más hermosa.

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Categorías:Uncategorized
  1. delatraba
    26 septiembre 2009 en 20:24

    Por casualidad me he reecontrado con el blog, y me he alegrado de la vuelta. Desde la lejanía oceánica me acerca a Pablo de la Rúa. Un abrazo
    Dani

  2. NANCY
    29 septiembre 2009 en 10:46

    Me encantan tus historias. Desprenden eso que es tan tuyo: tu sensibilidad. Por cierto, también me encanta tu uso del lenguaje. ¡Qué alegría en estos tiempos de tanto lenguaje "sms" e internauta!…

  3. Autor
    6 octubre 2009 en 11:46

    No sabes lo que me alegro de que desde allí puedas sentirme tan cerca. Estoy esperando tu llamada, por cierto. un abrazo.

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