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La carretera

La carretera tenía 15 semáforos, con sus 15 pasos de cebra, 23 farolas, 46 casas de planta baja a la derecha y 39 a la izquierda, una nave industrial, por la mitad, haciendo esquina y una puerta de garaje siempre abierta con tres caballos de madera en la puerta. La cruzaba todos los domingos, antes de que una autovía desviara mis sueños de poseer uno de aquellos juguetes.

Mi padre siempre paraba en el semáforo situado a junto a los caballos, uno de los últimos. A veces, si intuía que lo iba a pasar de largo disminuía la marcha y hacía lo posible para que mi ventana se parara lo más cerca de aquel juguete de madera que me miraba de soslayo, mientras un hombre lo custodiaba leyendo un periódico. La carretera conectaba el fin de semana con la casa de lunes a viernes, como un pasadizo que me reportaba de una realidad a otra. Aquella carretera secundaria se convirtió en una prolongación de un sueño que nunca llegó a hacerse realidad pero que me hacía feliz.

Esta mañana he vuelto a pasar por ella. Conecta el hospital provincial con la capital y es una vía alternativa para evitar atascos. La he pasado muy rápido, con todos los semáforos en verde. Apenas había circulación. Pensaba en mi madre, en los resultados de la resonancia, en su futuro, en el mío. Al llegar al final me he dado cuenta de que acababa de atravesar una carretera conocida, la que me hacía feliz por unos minutos, en la tarde de domingo, antes de regresar al mundo de todos los días.
Sin embargo, hoy me ha parecido más corta, más triste, más vacía, sin tres caballos de madera.

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Categorías:microcuento Etiquetas:
  1. Jose
    24 noviembre 2009 en 10:35

    Cuando vuelvas a pasar por ese lugar imagínate que están esos tres caballos de madera, que están escondidos, como en esas películas infantiles donde la fantasía está oculta en el mundo real, una fantasía que solo ven los que quieren verlo. Y siempre que pases cuentale a tu pablo la historia de los tres caballos de madera.

    Hay veces que no es necesario madurar del todo. Esa “inmadurez controlada” es la que nos mantiene en ocasiones vivos.

    Te doy la enhorabuena por tus historias y te deseo suerte con tus otras “historias”, que al fin y al cabo no pueden vivir las unas sin las otras.

    Un saludo Pedro.
    Jose (D45).

  2. 24 noviembre 2009 en 11:07

    Muchas gracias Jose por tus comentarios. Te haré caso y buscaré a esos tres caballos de madera en algún lugar de mi memoria. Un abrazo.

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